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  • El Pescador
  • El pescador
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  • El Pescador es un personaje sin nombre que aparece sólo en Half-Life 2: Lost Coast como la guía de Gordon Freeman, pidiendo Freeman para eliminar la presencia Combine de la ciudad de Santa Olga.
  • Lo cierto es que esto no es exactamente un relato de terror. Más bien lo podría llamar… ¡un cúmulo de casualidades! Sí, esa definición está bien. Aunque tal vez… tal vez… quizás podría llamarlo… un extraño destino. Esta puede ser. Tal vez… sí, esta debe ser la definición que más se acerca a las palabras que a continuación siguen. La casa de Juan queda un tanto solitaria, al pie de unas rocas y a pocos metros del agua. Vive solo, su esposa falleció hace años tras una larga enfermedad. Juan se da por satisfecho con ello, sabe que el alivio de Carmen, su mujer, llegó con su muerte.
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  • El Pescador es un personaje sin nombre que aparece sólo en Half-Life 2: Lost Coast como la guía de Gordon Freeman, pidiendo Freeman para eliminar la presencia Combine de la ciudad de Santa Olga.
  • Lo cierto es que esto no es exactamente un relato de terror. Más bien lo podría llamar… ¡un cúmulo de casualidades! Sí, esa definición está bien. Aunque tal vez… tal vez… quizás podría llamarlo… un extraño destino. Esta puede ser. Tal vez… sí, esta debe ser la definición que más se acerca a las palabras que a continuación siguen. El otro día conducía mi coche nuevo. Como muchas tardes, salgo a dar un paseo, a hacer kilómetros; sólo, sin una dirección fija y suficiente combustible. Mi ciudad es pequeña, y el pueblo más lejano desde la capital –donde vivo- está a poco más de cien kilómetros. Aunque, ahora que recuerdo, esa tarde no fui a ese pueblo. No importa. Ese pueblo es muy bonito. Tiene unas playas preciosas, y la zona de los pescadores es muy agradable, al igual que los propios pescadores. -Hola Alberto, no hay semana que no vengas a saludarme. Cualquier día dejo de interesarte y te olvidas de mí. -¡Qué va, Juan! -¡Que sí, hombre! Ya verás como sí. -Venga, Juan. Llevo viniendo todas las semanas desde hace más de cuatro años. No he faltado ninguna. -Bueno, bueno. Por si acaso, pasa adentro y nos tomamos un vino. Por si fuera la última vez que nos vemos. -Sabes que no me gustan esos comentarios. Parecen presagios de muerte. Juan era el hombre más simpático y amable que jamás he conocido. De hecho, no hubiera vuelto nunca si no fuera por él. Y ahora, también por él, iba todas las semanas, sin excepción, sin excusas. Siempre recordaré el día que nos conocimos. Mi viejo coche se quedó atrapado en la arena de la playa, junto a su casa. Estuvo así varias horas, hasta que llegó de faenar, casi de noche. No sólo me ayudó a sacarlo, me dio de cenar, me dio conversación, bebimos vino y anís, jugamos a las cartas. Parecíamos amigos de toda la vida. A la semana siguiente volví, y aparqué a casi un kilómetro de su casa. El doctor me ha obligado a andar y respirar aire puro, de manera que combino perfectamente mis cuidados médicos y evitar hundir de nuevo mi coche en la arena. La casa de Juan queda un tanto solitaria, al pie de unas rocas y a pocos metros del agua. Vive solo, su esposa falleció hace años tras una larga enfermedad. Juan se da por satisfecho con ello, sabe que el alivio de Carmen, su mujer, llegó con su muerte. -Siempre me pasa lo mismo, parezco un viejo. Empiezo una historia y doy vueltas y vueltas para que no se escape ningún detalle. A ver… por dónde iba… -A la semana siguiente aparcó a casi un kilómetro de la casa de Juan, ¿y…? -Cierto, cierto… perdone, a veces pierdo el hilo… Esa tarde me mostró su enorme colección. Libros de todos los estilos, colores y épocas. Desde literatura clásica española y sudamericana hasta los clásicos rusos de finales del diecinueve y principios del veinte. Tratados médicos, poesía, geografía e historia, tres enciclopedias completas -aunque todas anticuadas-, decenas de novelas policíacas, del oeste, e incluso eróticas. Siempre he amado la lectura, desde que era un crío, y esa colección me impresionó. Un pescador, un humilde pescador que a los ojos de un desconocido no sería extraño que fuera analfabeto. Juan no lo era, desde luego. -Esta colección es sencillamente impresionante. -Cosa de Carmen. A ella siempre le gustó leer, y tantos años empotrada en su camastro esperando a que su marido llegara de faenar… Al cabo de dos semanas de empezar a actualizar su biblioteca, el dueño de la librería le acercaba personalmente los pedidos que mi mujer le encargaba. Así, de paso, se hacían compañía, ya que aquel es viudo. El librero lloró su muerte mucho más que yo, que la sentí como el premio que ella deseaba más que nadie. Aquél librero nunca me perdonó que me lo tomara así… Durante los siguientes cinco meses, nuestra conversación se centró casi exclusivamente en la literatura. Leímos muchos libros en aquella casucha, plantada en medio del paraíso. Pasábamos horas leyendo. Una noche llegamos a leer dos libros enteros, uno cada uno y siempre en voz alta. Recitando, se podría decir. Lector y oyente. Aquella noche se hicieron las tantas sin darnos cuenta. Me quedé a dormir. Como decía, esa noche se hizo muy tarde; tanto que amaneció una o dos horas después de acostarnos. Cuando desperté Juan ya había salido a faenar. Me dejó una nota: “Hasta siempre, Alberto”. Me dejó extrañado. Me duché y me fui, dejando otra nota encima de la suya: “Hasta la próxima semana. Gracias de nuevo.”. La siguiente semana dejé el coche a unas decenas de metros de la casa. La impaciencia por llegar y ver a Juan no me permitió perder más tiempo. Allí estaba, amarrando la barca. Me miró alegre y me saludó. En el momento que pude le pregunté por aquella nota; qué quería decir exactamente. Le cambió la cara, y su tono alegre se volvió melancólico. -Perdona si te ha asustado, soy un tipo raro. Siempre le dejaba esa nota a Carmen, por si cuando volviera la encontraba muerta. Te parecerá siniestro, pero no me hubiera perdonado jamás no haberme despedido de ella. Ahora soy yo el que ha perdido reflejos, y la mar es muy brava esta época del año. Un día de estos me traga. -Venga, Juan. Un lobo de mar como tú no se va a dejar matar por una ola. -Uno ya es viejo, Alberto. -Lo cierto es que sí me asustó un poco la nota, pero ahora estoy tranquilo. Nos veremos todas las semanas durante muchos años. Y así fue hasta el pasado mes. Seis años visitando a Juan. No conocía a nadie más del pueblo, y creo que él también dejó de conocerlos. Una tarde llegué temprano, y encontré en su camastro una nota: “Hasta siempre, Alberto”. Aquella tarde no estaba la barca en la arena, esperé un rato, unas horas. A las diez fui a denunciar su desaparición a la policía. El antiguo cuartelillo de fachada y paredes interiores encaladas estaba fuera del casco urbano del pueblo, relativamente cerca de la zona de pescadores. Me dirigí al cabo muy tranquilo, despreocupado en realidad, optimista en definitiva. -Buenas tardes, cabo. -¡Hombre Juan, cuánto hace que no se te ve por el pueblo! Me quedé literalmente paralizado. -Disculpe, creo que me confunde. -¿Juan? ¿Te pasa algo? -Me llamo Alberto, y vengo de la ciudad. He venido a denunciar la desaparición de Juan Romero Medina, el pescador que vive en la casa que hay junto a la roca, la última, al final de la zona de los pescadores. El cabo me miró extrañado. Durante unos segundos se quedó parado, mirándome, sentado a su mesa, prácticamente vacía, con un periódico abierto por las primeras páginas y unos cuantos papeles perfectamente ordenados. En seguida se levantó y se acercó, demasiado, para oler mi aliento, por si había bebido. -Juan, oye, ¿seguro que estás bien?, si quieres llamo al médico. -Perdone que insista, pero creo que me confunde. Mi nombre es Alberto. Llevo varios años viniendo todas las semanas a visitar a Juan. Esta tarde encontré una nota en su casa, y me preocupé. Su barca no está en la arena, llegué hace unas horas y he estado esperando. Viendo que no llegaba, me decidí a venir y denunciar su desaparición. Puede estar en el mar desde hace días, la última vez que vine fue la semana pasada, y él no suele acercarse al pueblo. Puede que nadie lo haya echado en falta, no están acostumbrados a verle por aquí y no lo echan de menos. Tenemos que salir a buscarlo. Desde que el cabo me llamó por el nombre de Juan estaba inquieto. Toda la tranquilidad con la que entré al cuartelillo desapareció, y mis palabras se cortaban. El cabo seguía, en cambio, casi paralizado, casi sin palabras, quieto. De repente se dio la vuelta y entró por un pasillo sin decir nada. Al cabo de unos segundos salió el cabo primero, vestido también de uniforme. -Juan, ¿estás bien? Cuéntame qué pasa. Ahora estaba realmente nervioso. Tenía la esperanza de que me confundieran con otro vecino del pueblo. Yo no me parezco en nada a Juan, el pescador, y estaba asustado. Ya no acertaba a decir otra cosa: -Disculpen, pero creo que me confunden, me llamo Alberto, y vengo de la ciudad. En ese momento salió el cabo, que se había quedado en alguna oficina del pasillo, y le susurró a su superior: “El doctor viene enseguida”. -Siéntese usted, por favor. Alberto es su nombre, me ha dicho. -Sí. -Perdone, pero es usted la viva imagen de Juan, el marido de Dolores, vive en la calle de atrás. Le hemos confundido. Es increíble el parecido, sólo le delata la voz. Cuénteme qué pasa. Mientras decía esto, echó una mirada de complicidad al cabo, y éste asintió levemente, entendiendo que lo que el cabo primero quería era retenerme hasta que llegara el doctor. Pero, ¿por qué me confundían con Juan? Intenté irme de allí siguiéndoles la corriente. -Lo siento, pero he de irme, al parecer he bebido demasiado. Mañana pasaré a verlos. ¡Ah!, le daré recuerdos a Dolores. -Espere, por favor. Sólo unos minutos. -De verdad, tengo prisa. En ese momento entró el doctor. Llevaba un traje gris oscuro muy usado, y el típico maletín. Me llamó la atención ver al típico doctor de antaño, sólo le faltaba la bata blanca. Habló unos minutos con el cabo, mientras el cabo primero permanecía sentado junto a mí. El doctor me hizo un reconocimiento rápido, al que no opuse ninguna resistencia –me lo impedía la incredulidad-. Tras comprobar que no iba bebido me ingresaron en un hospital, y unos días después me trasladaron a esta especie de residencia. -Recuérdeme el nombre del pueblo, por favor. No sé dónde lo apunté… -Sí, Alcazaba del Mar. -Eso, ya no lo recordaba. Alberto, muchas gracias por todo. La semana que viene volveré, el martes, y le traeré un libro, como siempre. -Gracias a usted, doctor. NOTAS PARA EL INFORME PSIQUIÁTRICO DEL PACIENTE DON JUAN ROMERO MEDINA, DE SESENTA Y TRES AÑOS DE EDAD. Tras doce sesiones de una hora duración por cada una de ellas, en el transcurso de tres meses desde la primera hasta el día de hoy, a una sesión por semana, se confirma la –al menos- doble personalidad del paciente D. Juan Romero Medina. Para Alberto Almansa Guirao -la personalidad que durante estos meses se manifiesta en el paciente-, Don Juan Romero ha muerto. Tras las investigaciones realizadas en Alcazaba del Mar, algunos vecinos han observado algún comportamiento extraño en Juan Romero desde algunos años después de la muerte de su mujer, Carmen Tortosa. Se dieron cuenta que una vez a la semana -aunque no siempre el mismo día- se acostaba tarde, ya que las luces de la casa permanecían encendidas hasta muy tarde, y ése día de la semana lo oían mantener conversaciones, estando sólo. De esto informaron a la policía, que no interesaron por el paciente. Otro vecino recuerda que hace unos seis años vio a Juan Romero ayudar a sacar un coche que se había quedado atrapado en la arena de la playa. Lo recuerda porque cuando estaba llegando para ayudar ya habían logrado sacarlo.El conductor se marchó tras darle las gracias y unas monedas a Juan Romero, quien le preguntó su nombre, a lo que el conductor respondió Alberto. Los apellidos que dio éste no los recuerda el vecino que presenció la escena, pero parece evidente que fueron Almansa Guirao. El librero de Alcazaba del Mar, Don Julián Gálvez, que visitó a Juan Romero hace escasas semanas en el hospital, asegura que éste (la personalidad de Alberto) dice conocerle porque Juan Romero le habló de él hace años, y le contó que le hacía compañía a Carmen cuando ésta estaba enferma, y que no le sentó bien la aparente indiferencia con que Juan Romero se había tomado la noticia. Don Julián Gálvez confirma las visitas a Carmen y su desacuerdo con la actitud de Don Juan Romero. Por todo esto no es aventurado asegurar de Don Juan Romero Medina padece doble personalidad, habiéndose apoderado del fugaz encuentro con un infortunado conductor. Tal vez habría que decir que padecía doble personalidad, ya que la de Alberto se ha impuesto sobre la del propio Juan Romero. Sería muy interesante conocer al verdadero señor Almansa Guirao, y comparar ambas personalidades, pero hasta ahora no he conseguido localizarlo. El próximo martes tendrá lugar la sesión número trece. Don Alfredo Pérez Pérez Doctor en Psiquiatría. Martes. Sesión número trece: El doctor Pérez se acerca al paciente Don Juan Romero Medina. Como al inicio de cada sesión, le saluda cortésmente: -Hola, Alberto. ¿Qué tal está usted hoy? -Muy bien, gracias. Pero creo que se confunde. Mi nombre es Alfredo Pérez, y soy psiquiatra.
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