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| - - Diagnóstico terminado. Daño crítico en secciones 2, 3 y 11 –dijo la impersonal voz metálica de mujer que provenía del procesador de su blindaje–. Armamento en soporte superior derecho inoperativo. Comunicaciones inoperativas. Sistema Interflex inoperativo. Pérdida de fluido refrigerante en soporte principal de sustentación derecho. Control giroscópico afectado al 62 por ciento. Recomendación: Abandonar blindaje o iniciar ajuste de energía. - ¡Mierda! –murmuró Werner mientras apagaba la alimentación primaria de la zona más afectada y hacía las modificaciones necesarias para evitar que los sistemas fallaran uno tras y otro, con lo cual no podría siquiera levantarse del suelo. No sólo había sufrido graves daños en el blindaje, sino que él mismo se había llevado un fuerte golpe en la cabeza por el que sangraba profusamente, además de que andaba corto de munición y para colmo se había caído –o más bien le habían tirado- a través de un agujero en el suelo, descendiendo unos veinte metros hasta impactar salvajemente contra el piso de abajo. - Ése cabrón nos ha jodido bien ¿verdad Dora? –continuó como si hablara consigo mismo mientras revisaba los datos rápidamente y ponía un ojo en el radar de corto alcance, pues no quería que nada volviera a cogerle por sorpresa–. No te preocupes, saldremos de esta, te lo prometo... El enorme blindaje bípedo, conocidos generalmente como “Jägers” por los pilotos de Balhaus, recuperó segundos después parte de sus capacidades y varios de los indicadores de control de movimiento volvieron a ponerse en verde. - ¡Eso es bonita! –siguió él con animación– Y ahora dime que aún nos queda algo con qué disparar… La pantalla principal mostró el estado del armamento, en el cual destacaba en rojo el mensaje “inoperativo” al lado del cañón pesado y del incinerador. Sólo dos secciones estaban normales, la del cañón rápido y el arma de mano, si bien indicaba que sólo había un 17 por ciento de munición para el primero. Eso era mejor que nada, pero teniendo en cuenta contra lo que se estaba enfrentando lo más probable era que tuviera que salir de allí tan rápido como pudiese si no quería acabar muerto dentro de tres toneladas de chatarra. Werner empujó los mandos suavemente y el Jäger reaccionó de inmediato, levantando su inmensa mole con movimientos mecánicos que lo devolvieron a la verticalidad entre una nube de polvo. Estaba completamente a oscuras, pero el potente foco de luz blanca adosado al frontal de su armazón le permitía ver con claridad las partículas flotando en el aire, restos de vete tú a saber qué época levantados por el estruendo de su caída. Estaba claro que aquel lugar llevaba siglos cerrado, pero no tenía ni idea de dónde estaba, así que lo primero que hizo fue mirar hacia arriba, al agujero por el que poco antes se había precipitado, esperando que el monstruo que lo lanzó por ahí no anduviese cerca o hubiera decidido perseguirlo en su caída para rematar el trabajo. Por suerte el radar no detectaba nada, ni tampoco podía ver que hubiese presencia alguna en el agujero del techo. A esa cosa quizá le hubiera parecido suficiente machacar la parte derecha del blindaje y arrojarlo como si fuera un pedazo de basura –pensó–, aunque en el fondo sabía que eso era bastante improbable. Él mismo no dejaría a un rival tocado y se marcharía tranquilamente, ni de lejos, sino que seguiría yendo a por él por cualquier medio hasta que estuviera seguro de que no volvería a levantarse. Pura lógica de combate. Comenzó a caminar pesadamente tratando de ver dónde estaba, pero no tenía un mapa ni nada que pudiera servirle como referencia, porque aquel puñetero lugar no constaba en ningún archivo del kampfcomm, luego era evidente que él era el primer balhausita que pisaba aquella ruina de sitio. Enhorabuena. Tenía el dudoso honor de explorarlo para que si alguna vez alguien de los suyos volvía allí estuviera todo convenientemente mapeado, aunque ahora mismo no estaba en condiciones de perder el tiempo, sobre todo teniendo en cuenta que se la estaba jugando, aislado, solo y con esa cosa por allí cerca con unos cuántos de sus amiguitos buscándolo para terminar de reventarlo. No hacia ni cuarenta y ocho horas que había llegado con su escuadrón, el 36 de la VIII División Gottloser, a aquel pedrusco perdido en el Sector de las Estrellas Cuervo, en el cual un montón de batallones de la Guardia Imperial junto con un buen número también de Espectros de la Muerte defendían con ferocidad la ciudad llamada Erandal –ruinosa, abandonada y única en todo el planeta–, en cuyo interior se levantaba la inmensa y siniestra catedral donde se encontraba él ahora. Werner jamás había visto una estructura semejante en toda su vida, aunque había leído un poco sobre catedrales del Imperio alguna vez y sabía qué tipo de construcciones eran, pero jamás habría podido imaginar que existieran algunas tan monstruosamente grandes. Cuando su escuadrón se desplegó en las cercanías lo que más le llamó la atención fueron las torres que la circundaban, cuyos pináculos según la telemetría estaban situados a dos kilómetros y medio de altura perdiéndose en el oscuro cielo, mientras que la nave principal del edificio se elevaba hasta un kilómetro. Eso simplemente en lo que se refería a la altura, porque la longitud de todo el complejo ocupaba un espacio tan amplio que parecía una pequeña ciudad levantada en el interior de otra. El siniestro estilo gótico de la catedral parecía hecho a propósito para infundir el miedo en los que la miraran, cosa que cuadraba bastante bien con la doctrina Imperial, un credo represivo y controlador impuesto para asfixiar a sus billones de seguidores con sus severos dogmas. Todo en aquel lugar tenía un aspecto imponente y terrorífico, con muros altos coronados por estatuas que representaban a hombres en postura regia, fachadas con símbolos religiosos por doquier, enormes campanarios, arcadas afiladas e intrincados rosetones que parecían ojos vigilantes, dando al conjunto un aspecto terrible y no la sensación armoniosa que se supone que esa clase de sitios –centros religiosos donde los creyentes buscaban teóricamente un posible remanso de paz– deberían dar. Aparte del estilo arquitectónico y el uso original para el que se construyó aquel sitio, la catedral era también un emplazamiento perfecto para que una fuerza militar coordinada pudiera atrincherarse y repeler con garantías un ataque, cosa que también parecía ser un hecho típico y repetido en todas las construcciones imperiales, levantadas como fortalezas independientemente del tipo de actividades que se fueran a realizar en ellas. Y ésa era precisamente la razón por la cual varios regimientos de la Wehrwaffen y efectivos de diferentes Divisiones de la Legión de la Cruz de Hierro llevaban asediando el complejo casi dos semanas, intercambiando con la Guardia Imperial y los Espectros de la Muerte un feroz y constante bombardeo que no parecía llevar a ninguna parte, pues los muros de rococemento del complejo eran extremadamente sólidos y con un grosor de casi diez metros en algunas secciones. Entonces su escuadrón, recién llegado desde Lurg a petición del propio Feldmarschall de la División, fue asignado al sector Sureste con objeto de localizar una zona donde abrir una brecha por la que las fuerzas de Balhaus pudieran acceder a la inexpugnable fortaleza-catedral, lo cual se consiguió sorprendentemente poco después, aunque no por su pericia, sino por mera suerte. La artillería Reichfaust llevaba días castigando los poderosos muros sin descanso, y debido al daño estructural recibido una parte del muro exterior de varios metros se vino abajo repentinamente justo delante del lugar que ocupaban ellos. Antes de que los defensores pudieran levantar una barricada para taponar el hueco, el escuadrón de Werner, apoyado por los chicos del 112 de Infantería de Auriwan –feroces soldados de la Wehrwaffen con armamento ligero–, se lanzó contra la grieta superando las defensas Imperiales acantonadas en el sector, un grupo de alrededor de mil quinientos Guardias Imperiales que no parecían muy veteranos y que se dispersaron rápidamente con fuertes bajas, mientras ellos lograban penetrar en el complejo para dirigirse hacia la enorme estructura principal. El resto era ya historia. La Wehrwaffen estableció un perímetro alrededor de la brecha rechazando los desesperados contraataques de la Guardia Imperial, mientras Werner y su blindaje superpesado –al que cariñosamente se refería como “Dora”–, junto con un centenar de soldados de la División, combatían en el patio lateral agrandando el frente de batalla. Fue entonces cuando apareció en escena un puñado de Espectros de la Muerte, quienes detuvieron en seco el avance de Balhaus con una lluvia de proyectiles de bólter y les obligaron a emplearse a fondo para contrarrestar su embestida. Werner se situó en vanguardia atrayendo el fuego de los Marines Espaciales, los cuales eran mucho más hábiles y letales que los soldados de la Guardia Imperial, descargando sobre ellos toda la potencia de sus armas para mantenerlos entretenidos. Su ímpetu inicial dio buenos frutos, pues pudo despachar a tres de ellos con varios disparos certeros de su cañón principal, la bestia de 88 milímetros recortada para instalarse firmemente en el brazo derecho de su Jäger, los cuales decapitaron al primero y abatieron a otro par abriendo sus servoarmaduras como si fueran de papel. Pero en el momento en el que maniobraba para acabar con otro grupo que se parapetaba tras uno de los contrafuertes de la inmensa catedral, la alarma de cercanía saltó emitiendo el histérico pitido y la voz que le avisaba de un golpe inminente (“impacto, impacto, impacto), produciéndose un segundo después una brutal explosión que empujó violentamente el blindaje y sus tres mil quinientos kilos, proyectándolo a través de una gran vidriera del edificio para caer en su interior rodando aparatosamente. Werner no sabía qué había pasado, pero antes de que recuperase el aliento pudo descubrir quién era el autor de semejante ataque, pues atravesando los restos de la vidriera y derribando parte de la estructura a su alrededor, ante sus ojos apareció un enorme Dreadnought en cuyo brazo derecho portaba un humeante lanzagranadas pesado –probablemente el responsable de la salvaje explosión– y una temible garra mecánica con un ruidoso taladro en el izquierdo que sin duda sería capaz de atravesar las gruesas capas de Ultracarbono del Jäger como si estuviera hecho de latón. No tuvo tiempo siquiera de incorporarse lo suficiente como para poder defenderse, porque en unos segundos ya lo tenía encima otra vez y la brutal garra había atrapado el brazo derecho del blindaje aplastándolo sin esfuerzo, inutilizando su arma principal y causando severos daños a otros sistemas periféricos, tras lo cual lo levantó en vilo como si su peso fuera insignificante y con un bramido animalesco lo había lanzado de nuevo por los aires contra una sólida columna de la gran sala donde se batían. El impacto contra la dura piedra hizo que Werner se golpeara dentro de su carlinga causándole una buena herida en la cabeza, y cuando su blindaje cayó al suelo se deslizó por un agujero precipitándose al piso de abajo antes de poder agarrarse a algo, un descenso de unos veinte largos metros a los que había sobrevivido milagrosamente. Por suerte el Dreadnought era demasiado grande como para perseguirle por el hueco –a no ser que lo agrandara a golpes, cosa que no hizo porque la caída podría dañarlo gravemente, como le había pasado a él–, pero estaba claro que buscaría la forma de llegar abajo para terminar la labor de destrucción que había empezado. Werner siguió avanzando por el piso inferior de la catedral, una lúgubre estancia con docenas de columnas de pilar compuesto que se levantaban hasta las bóvedas superiores, las cuales formaban intrincadas formas geométricas rodeando los símbolos de la religión del Emperador, águilas bicéfalas y cráneos alados. El lugar estaba lleno de polvo y abandonado, con restos de lo que en otro tiempo debía ser mobiliario –bancos, púlpitos y reclinatorios– ahora carcomidos y despedazados, además de amplias paredes llenas de tallas desgastadas que mostraban antiguos episodios de la historia del Imperio. No obstante no se detuvo para observar con calma nada de lo que había allí, sino que avanzaba nerviosamente buscando una salida para regresar a la superficie, tras lo cual trataría de reunirse con sus compañeros y retroceder hasta un lugar seguro donde los ingenieros pudieran revisar a Dora y reparar los graves daños causados por el colosal enemigo. Sus pasos hacían retumbar el suelo levemente, lo cual –sospechó- denotaba que en algunas partes éste había perdido su firmeza, luego lo más probable era que abajo hubiera otro piso o algunos más. Temió que si volvía a caer de una altura similar a la anterior probablemente no lo contara, de modo que anduvo con cuidado mientras se preguntaba porqué el Imperio defendía con tanta fiereza aquel sitio cuando parecían haberlo abandonado durante milenios. El hecho de que los Espectros de la Muerte estuviesen presentes en el sector era signo inequívoco de que había algo importante, pero no creía que se tratase solamente de la catedral –no parecía suficiente razón–, sino que tendría que existir algo más que Balhaus aún no había visto. Tras recorrer unos trescientos metros vio que llegaba al final de la estancia en el extremo Norte, encontrándose con una amplia escalinata que daba acceso a la zona superior, donde pudo atisbar un leve resplandor que podía ser la luz del día. Se dispuso a subir las escaleras con cuidado cuando se detuvo en seco, reparando en que esa luz que estaba viendo era cortada de repente por varias sombras, lo cual significaba que alguien estaba ahí arriba y se disponía a descender, aunque los sensores no escuchaban el ruido lógico que haría un Dreadnought al moverse. Parecía que no estaba solo, y dado que el radar no mostraba señales amigas decidió apagar los focos, retroceder hacia la izquierda y cubrirse tras una de las columnas mientras apuntaba el cañón rápido hacia la entrada, esperando a ver si se trataba de una amenaza contra la que pudiera defenderse. El visor nocturno no funcionaba –cortesía del Dreadnought de arriba–, de modo que tenía que conformarse con el de infrarrojos, aunque sabía que si él podía ver quien se acercaba muy probablemente sus enemigos también contarían con tecnología para descubrirle, pues un blindaje Vernichter superpesado no era algo sencillo de ocultar por muy grandes que fueran las columnas. Tras pensar rápido finalmente decidió desconectar los sistemas por completo excepto los más básicos –el inhibidor de radar y los sensores de visión y escucha– con la esperanza de pasar desapercibido, de modo que la gran Dora emitió un leve siseo mecánico y flexionó sus patas pasando a posición de parada mientras la pantalla de control se quedaba a oscuras. Pasó un minuto en los que trató de captar algún sonido, pero lo único que detectó fueron pasos ligeros, quizá de cuatro o cinco individuos, tras lo cual repentinamente se encendió una luz en la entrada cuya escasa claridad definió a una escuadra de Espectros de la Muerte, seis en total, con sus armaduras blancas y negras y las orgullosas aquilas pectorales en el pecho. Se detuvieron en fila con sus armas a punto, pero no parecía que lo hubiesen descubierto –el inhibidor parecía funcionar bien– así que permaneció quieto y en silencio para ver qué iban a hacer. - El venerable Iscarius lo ha arrojado aquí –escuchó entonces con claridad a través del receptor, pues el avanzado procesador del Jäger era capaz de traducir simultáneamente gran cantidad de idiomas, incluido el bajo gótico empleado por aquellos Marines Espaciales–. No puede andar muy lejos. - Tiene que estar muerto –dijo otro–. Esa caída es demasiado grande como para que haya sobrevivido. - Cuando haya visto su impío cadáver me lo creeré –respondió el primero–. De momento abrid los ojos y preparaos. Ya habéis visto qué puede hacer uno sólo de esos aparatos. El líder de la escuadra se puso en marcha y los demás lo siguieron en línea recta encendiendo más focos para alumbrar el camino. Poco después se habían alejado unos cincuenta metros y Werner pensó en esperar hasta que estuvieran a suficiente distancia como para que no se dieran cuenta de que se escabullía por la escalinata, cosa algo complicada con el peso y el volumen de Dora, cuyos pasos no eran fáciles de ocultar, pero quizá posible gracias a su habilidad como piloto y el modo silencioso del blindaje –si es que funcionaba–, capaz de amortiguar el ruido emitiendo un campo de repulsión perimetral de sonido. Por un momento le pareció que tendría su oportunidad, pero entonces los Espectros de la Muerte se detuvieron de forma repentina y se arremolinaron alrededor de algo que había en el suelo, deteniendo su patrulla en aquel punto exacto. No sabía qué miraban, pero cuando los observó se dio cuenta repentinamente de que había pasado por alto dos detalles cruciales, maldiciendo su estupidez y falta de previsión. El fluido refrigerante y el polvo. La pata derecha de Dora goteaba el viscoso líquido transparente desde la brutal caída marcando el camino como un rastro de migas de pan, aparte de las huellas en la suciedad del suelo, tan claras como si estuvieran en la nieve. Los Espectros sólo tenían que seguirlo para dar con él, así que en un minuto lo descubrirían y no le quedaría más opción que enfrentarse a ellos. Apretó los dientes y se dispuso a activar todos los sistemas pensando en cómo sacar la mayor ventaja del inminente enfrentamiento que iba a suceder, sabiendo que era posible que se acabara todo allí mismo si no tenía una buena dosis de suerte. En efecto no pasó mucho tiempo antes de que los Espectros recorrieran con rapidez el camino inverso siguiendo el rastro que había dejado Dora entre las columnas, alumbrando con los focos en su dirección mientras el que iba en cabeza observaba un Auspex detenidamente atento a cualquier señal que emitiera para evitar ser sorprendidos. Entonces, cuando se encontraban a unos veinte metros, el aparato detectó una señal débil y el Espectro líder hizo un gesto que provocó que todos se detuvieran en seco. Siguió mirando la pantalla observando que la señal iba y venía, como si se tratara de un eco o una interferencia, aunque el Marine Espacial sabía perfectamente que el enemigo al que buscaban podía contar con un inhibidor, el cual podría estar fallando ya por la extrema cercanía. No hubo mucho más tiempo para divagaciones, ya que en aquel mismo momento los Espectros abrieron fuego sin vacilar descargando una cortina de proyectiles de bólter que impactaron contra las columnas y alcanzaron también al Jäger, el cual salió de su escondite encendiendo sus potentes focos tratando de cegar a los agresores a la vez que se echaba encima de ellos. Fue entonces, cuando se encontraba a escasos metros, cuando la enorme máquina se impulsó levantando su enorme peso en el aire haciendo que los Marines Espaciales se apartaran instintivamente del lugar donde lógicamente iba a caer, lugar en el que se precipitó con toda su energía. El vetusto suelo, que había perdido su firmeza y consistencia con el paso de los siglos, no soportó el brutal impacto del Jäger, el cual literalmente lo atravesó como si se tratara de una bola de demolición provocando que se derrumbara una gran sección del mismo, arrastrando tras él a los seis sorprendidos Espectros. No obstante la caída hacia el piso inferior no era de veinte metros, como anteriormente había podido comprobar Werner al despeñarse desde la zona superior, sino mucho más larga, ya que el lugar donde se precipitaron era un inmenso pozo oscuro por el cual discurría una simple pasarela de piedra en el centro. Los seis Marines Espaciales cayeron a plomo y dos de ellos se golpearon con la propia pasarela, continuando su veloz descenso hacia al fondo a continuación tras sus compañeros. Entre tanto el Jäger oscilaba como un péndulo sujeto por el cable de arrastre que Werner había afianzado en una de las columnas antes de que todo sucediera. Su plan había dado resultado. Sabía perfectamente que con los daños sufridos y las defensas de las que disponía, el cañón rápido y su arma de mano, podría haber despachado como mucho a dos o tres de los Espectros, cuatro con suerte, pero lo más probable es que Dora no hubiera soportado el castigo a corta distancia y los sistemas fallaran –sobre todo si contaban con algún arma de energía–, con lo que estaría muerto. Recordando la debilidad estructural del suelo cuando caminaba por él enseguida pensó en que podía usar aquello a su favor, pues los Espectros no eran tan pesados como el Jäger y seguramente no habrían reparado en aquello, de modo que lanzó contra la columna más cercana su cable de arrastre y cuando comenzaron los disparos corrió hacia los enemigos para saltar y causar el derrumbamiento. Soltó poco a poco el cable con el cabrestante hasta que pudo alcanzar la pasarela, un puente de unos cuatro metros de ancho, tras lo cual lo soltó y se asomó por uno de los bordes para cerciorarse de la profundidad del pozo sobre el que se encontraba. La telemetría de Dora debido a los daños no era muy precisa, pero la caída según los sensores era superior a los dos kilómetros. Sin duda los Espectros ahora no eran más que seis formas aplastadas de ceramita, carne y sangre entre los restos del fondo. Problema resuelto. Sin embargo ahora estaba todavía más abajo que al principio, en otro lugar desconocido, igualmente aislado y sin posibilidad de contactar con sus compañeros, ya que todo el sistema de comunicaciones se había fundido por el ataque del Dreadnought. El puente se perdía en la oscuridad a un lado y a otro, no tenía idea de dónde podía conducir porque sus focos no llegaban a alumbrar hasta el final, así que se dirigió hacia la izquierda pensando que era la zona más cercana a la escalinata que había visto arriba, luego era posible que encontrara una acceso que lo condujera hacia la superficie. Caminó con un poco de dificultad ya que Dora acusaba la pérdida de refrigerante en la pata derecha, dentro de un rato quedaría inutilizada y los tubos de neografeno perderían su integridad, con lo que no le quedaría más remedio que abandonarla y activar el protocolo de autodestrucción, aunque no quería pensar en ello. Había pasado mucho tiempo dentro de aquel gigante de metal tan familiar, combatiendo y moviéndose a través de todo tipo de parajes, enfrentándose a docenas de peligros sin que el blindaje fallara jamás, pero ahora parecía que el fin estaba más cerca que la salvación. Mientras estaba metido en aquellos pensamientos se encontró con que aquel extremo del túnel terminaba abruptamente en una pared lisa en la que había una amplia puerta de hierro cerrada, cuya única hoja estaba labrada detalladamente con gran cantidad de letanías, rezos y demás parafernalia religiosa imperial. La imagen central de la puerta, una talla muy realista, representaba a un grupo de soldados que se arremolinaban alrededor de algo –parecía algún tipo de máquina enorme– en postura de adoración, pues aquella cosa parecía irradiar una potente luz. Werner no sabía de qué podía tratarse, quizá fuera una de esas reliquias a las que tanto aprecio tenían los imperiales, pero lo único que tenía en su mente era abandonar aquel asfixiante lugar como fuera, y si eso incluía abrirse paso a través de aquella puerta lo haría. Dora se inclinó para situar sus manos mecánicas en la base de la hoja, la cual como pudo comprobar su piloto tenía casi un palmo de grosor y parecía estar hecha de hierro colado. Los tubos de neografeno se llenaron de energía y el Jäger comenzó a levantar la pesada puerta lentamente, la cual emitió un agudo chirrido que inundó el lugar con un potente eco. Como todo lo que parecía haber en aquel extraño lugar parecía claro que la puerta había permanecido así durante siglos, de manera que las oxidadas guías rechinaron por la fricción de metal contra metal haciendo que lloviera una buena cantidad de óxido hasta que quedó encajada, permitiendo a los tres metros y pico de altura de Dora pasar bajo ella agachándose lo suficiente. Werner observó el lugar con atención cuando estuvo dentro, una nueva estancia mucho más pequeña en comparación con todas las que hasta el momento había visto en aquella catedral, pero con ciertos detalles distintivos que le hicieron pensar que aquello podía ser algo importante. Se encendieron varias luces amarillentas de forma automática, seguramente activadas por algún sensor de proximidad al cruzar la pesada puerta, permitiendo que pudiera apagar el foco y ver todo el lugar en conjunto. Sin duda se trataba de una cámara especial construida para albergar algo tremendamente importante para sus constructores, pues las paredes, al igual que la puerta, estaban llenas de letanías y oraciones talladas con esmero en la piedra, cientos de ellas, lo cual daba fe de que lo que se guardaba allí era algo por lo que sentían especial reverencia. Entonces lo vio, y por un momento sintió una punzada de miedo que lo dejó clavado en el sitio haciendo que sus manos buscaran instintivamente el control de disparo de Dora. Estaba al fondo, entre dos amplios contrafuertes de los que surgían múltiples tubos y conexiones, docenas de cables que llegaban desde múltiples aparatos y permanecían conectados al Dreadnought más temible que hubiera visto nunca, mucho más que el otro contra el que se había enfrentado poco antes y que por poco le había costado la vida. Era una máquina impresionante, burdamente angulosa pero que irradiaba un temible poder pese a permanecer tumbada en una especie de estasis durmiente. Werner sabía que esas máquinas milenarias sólo eran despertadas cuando había una necesidad real, no era común verlas en combate, pero por lo que había leído y visto en algunas grabaciones –muy escasas– estos aparatos eran la auténtica encarnación de la muerte. No sólo se trataba de la potencia de fuego que eran capaces de desplegar, sino también de la astucia y experiencia de su piloto, una criatura semimuerta enterrada en un sarcófago móvil en el que permanecería por toda la eternidad, con miles de años de conocimientos en su haber en ocasiones y la firme determinación de servir al Emperador hasta su último aliento. Al parecer aquel podía ser el motivo de la presencia de los Espectros de la Muerte en la catedral, porque en realidad no se trataba de eso, sino de un complejo dispuesto para aquel fabuloso Dreadnought como lugar de descanso, el cual debía ser sin duda un veteranísimo guerrero, una leyenda entre los suyos digna de adoración y respeto. En ocasiones estos lugares se perdían o eran olvidados por algún motivo –invasiones, catástrofes o mera incapacidad para mantener el contacto con ellos–, con lo que el Imperio hacía todo lo posible por recuperarlos cuando tenía la oportunidad empleando todos los medios a su alcance, lo cual parecía ser la situación en este caso. Werner observó el artefacto acercándose un poco más, y en ese momento pudo ver cómo un par de criaturas robóticas bastante anticuadas se activaban y comenzaban a realizar tareas de mantenimiento de las máquinas periféricas que mantenían el estado inactivo del Dreadnought como si él no estuviera allí. Se trataba de sirvientes mecánicos programados para realizar aquel trabajo automáticamente, si bien aquello no le alertó porque sabía que para despertar al coloso se necesitaban sacerdotes que entonaran las plegarias que lo trajeran de vuelta de su sueño químico, pues no sólo se trataba de ciencia, sino que también requerían de ciertos procedimientos religiosos que para un balhausita no tenían sentido alguno, letanías de conservación, uso de runas y demás parafernalia. En ese aspecto el Adeptus Mechanicus siempre le había parecido una entidad demasiado basada en el misticismo en vez de en la razón, pero así –pensaba– era como funcionaban las cosas en el Imperio. Un vistazo con más detenimiento le permitió ver que sobre aquel monstruo dormido había una chapa que parecía estar hecha de oro de gran pureza en la que había grabadas unas palabras. Ajustó el zoom del visor y pudo ver escrito en Alto Gótico: “Hermano Nerion, campeón de los Espectros de la Muerte”. Aquel Dreadnought según pudo deducir era una de las reliquias del capítulo, un enorme engendro mecánico que a pesar del polvo aún mostraba sus colores representativos y seguramente perteneciera a una época muy anterior, quizá unos cuatro o cinco milenios, con innumerables combates en su haber. Por lo que podía ver entre la maraña de cables en su brazo derecha portaba una combiarma de bólter pesado y lanzallamas, un arma tremendamente seria con la cual podría reventar cualquier cosa que se le pusiera por delante, mientras que su izquierda contaba con una mano mecánica de cuatro gruesos dedos, adaptada para sujetar un gran espadón de unos dos metros de largo por unos cincuenta centímetros de ancho que permanecía apoyado a su lado, presto para usarse cuando despertara. Aparte de eso montaba una pequeña batería de cohetes en su hombro izquierdo, y su blindaje era una gruesa capa de Adamantium contra la que las balas de calibre normal eran completamente inútiles. En resumen, una máquina de guerra contra la que poco podrían hacer en caso de que los Espectros de la Muerte consiguieran recuperarlo, cosa que desde luego Werner no iba a permitir. Con dos fuertes golpes Dora aplastó a los servidores que pululaban a su alrededor atareados con el mantenimiento de las máquinas dejándolos reducidos a chatarra inerte, y acto seguido se acercó para examinar con más detenimiento la armadura del poderoso Dreadnought, buscando una juntura en el sarcófago o un medio para atravesarlo. De haber contado con su cañón de 88 milímetros el trabajo habría sido más sencillo, pero con las armas con las que contaba tras el incidente con el otro Dreadnought no parecía que tuviera posibilidad de causarle mucho daño, salvo quizá utilizando su mano mecánica para arrancar las diferentes protecciones hasta poder acceder al sarcófago, donde estaba guarnecido el milenario piloto. Tomó uno de los soportes y tiró de él con fuerza, haciendo que la capa de adamantium crujiera y un par de remaches saltaran, pero cuando pensaba que iba a conseguir algo escuchó un estruendo a su espalda y se giró sobresaltado para ver qué estaba sucediendo. Allí, en la entrada que había usado para acceder a la cámara estaba el otro Dreadnought llamado Iscarius, el monstruo gris y blanco que antes casi acaba con él, quien había terminado de levantar la puerta casi desencajándola de las guías para abrirse paso. Entró en la sala apuntándole con el gigantesco lanzagranadas, pero no abrió fuego, cosa que parecía ser motivada por miedo a dañar a su compañero durmiente. Werner comprendió que aquella bestia no usaría su armamento pesado en aquel lugar sagrado, de modo que parecía que el enfrentamiento se reduciría tan solo a sus capacidades cuerpo a cuerpo, en lo cual su enemigo tenía clara ventaja por los daños que le había provocado ya más el temible taladro que portaba y con el que podría empalarlo. Reaccionando se situó en el centro de la sala, donde había más espacio, y mientras el Dreadnought se acercaba con su amenazadora garra el Jäger activó el sistema de defensa cercana, sacando con la mano izquierda su arma personal de un compartimento específico en la espalda, la cual se desplegó en un segundo formando la peligrosa guadaña belmacht que otras tantas veces había usado para combates singulares. Werner era un experto utilizando aquella cuchilla de un metro que brillaba siniestra gracias a la corriente de plasma ionizado que la recubría, destinada a provocar un daño descomunal a sus objetivos aumentando exponencialmente la potencia de penetración de sus cortes. Más de una vez había destrozado con ella transportes blindados, tanques y armaduras de enemigos, pero nunca se había enfrentado a uno tan poderoso como un Dreadnought, envuelto en una coraza de adamantium y en mejores condiciones que Dora. El brazo derecho del Jäger estaba casi inutilizado por el brutal aplastamiento al que había sido sometido, pero aún podía realizar algunos movimientos que le serían necesarios para manejar la guadaña, ya que ésta parecía la única oportunidad que tendría en el cuerpo a cuerpo. La primera embestida de Iscarius fue una carga en la que intentó literalmente llevárselo por delante, pero Werner esquivó con habilidad el corpachón mecánico con una finta y lanzó un golpe a su espalda, el cual levantó una cortina de chispas e hizo un largo corte superficial en su armadura, pero sin consecuencias aparentes. Con un bramido salvaje el Dreadnought volvió al ataque golpeando con su taladro e intentando que la salvaje broca alcanzara la armadura de Dora, pero Werner pudo defenderse desviando los envites y retrocediendo como un torpe espadachín, hasta que se dio cuenta de que se estaba arrinconando cada vez más y llegaría un momento en el que no tendría espacio para poder maniobrar. Justo entonces un amago fugaz de Iscarius, que también era un combatiente avezado, lo sorprendió e hizo que cambiara su guardia descubriendo el flanco izquierdo, lo cual fue aprovechado por su oponente haciendo que el taladro alcanzara el blanco y atravesara la zona superior del blindaje haciendo un aparatoso agujero en la cabina, casi tocando al piloto. Las esquirlas despedidas causaron varios cortes a Werner, pero Dora pudo liberarse apoyando la espalda contra la pared y una pata sobre el Dreadnought, haciendo que retrocediera con un formidable empujón. El sistema de soporte vital del Jäger detectó la pérdida de presurización de la cabina y localizó el agujero causado por la gruesa broca –un artefacto tan ancho como un puño–, cubriéndolo de inmediato con una solución de plastidrio que se endureció al momento haciendo que quedara aislada de nuevo del exterior. Aún así Werner pudo oler el aire rancio de la cámara, la peste del humo y la grasa lubricante que provenían del Dreadnought. Ambos contendientes se quedaron enfrentados mientras Iscarius movía de un lado a otro el afilado taladro, sabiendo que la siguiente vez que consiguiera situarlo correctamente sobre el Jäger su víctima no tendría ninguna oportunidad. Werner comenzó a escabullirse hacia un lado lentamente mientras situaba la hoja de la guadaña entre ambos para evitar otro ataque repentino, hasta que poco después estuvo de espaldas al Dreadnought dormido, el enorme Nerion, lo cual hizo que tuviese una idea. Era un riesgo muy grande, pero ya no tenía muchas más opciones, estaba herido, los sistemas de Dora comenzaban a fallar uno tras otro y el siguiente ataque sin duda sería fatal en aquellas condiciones. Pensó rápido y en un momento apartó la guadaña quedando al descubierto, permitiendo que Iscarius, que no dudó un solo instante, se lanzara sobre él abriendo los brazos para abarcar la mayor longitud posible y así evitar que pudiera esquivarlo. El choque de las dos máquinas fue de nuevo brutal produciendo un fuerte estrépito que resonó en toda la cámara, pero esta vez Werner no trató de contrarrestar el salvaje empuje de su enemigo, sino que se aferró a él mientras ambos retrocedían rápidamente hacia Nerion, contra el que ambos impactaron quedando el Jäger atrapado entre ambos Dreadnoughts. Con Iscarius situado sobre él e inmovilizándolo, Werner soltó la guadaña y trató de evitar que el taladro lo atravesara de nuevo reteniendo el grueso brazo con la mano izquierda. La potencia de su enemigo era colosal, las alarmas del panel de control de Dora pitaban avisando de más y más fallos en el blindaje mientras la broca se acercaba centímetro a centímetro hacia la zona central, lugar donde si tenía éxito al perforar sería el fin seguro de piloto. El brazo izquierdo del Jäger cedía a cada momento, faltaban un par de segundos para que tuviera éxito en la acometida, de modo que Iscarius aumentó aún más si cabía la presión viendo que su víctima ya no podría evitar el resultado. En un gran esfuerzo mecánico, Werner utilizó entonces el destrozado brazo derecho de Dora –el cual apenas respondía ya– para lanzar un último y repentino golpe contra el taladro a la vez que se giraba con violencia hacia un lado, lo cual hizo que la salvaje herramienta apuntada hacia el centro del Jäger se desequilibrara por completo desviándose y pasando de largo de su objetivo inicial debido a la inmensa fuerza aplicada por Iscarius. Al no encontrar resistencia alguna el poderoso brazo siguió su camino e impactó de lleno contra el Dreadnought sobre el que estaban forcejeando. La broca traspasó el blindaje del sarcófago de Nerion perforando el adamantium con violencia, lo cual hizo que Iscarius emitiera un rugido de sorpresa e ira. Apartó al Jäger con un fuerte empellón de su brazo armado y enseguida tiró del taladro para extraerlo del cuerpo de su estático hermano de batalla. El gran agujero que había hecho, a media altura en el frontal del sarcófago, rezumó con los fluidos de mantenimiento, aceites y también una materia oscura que sin duda era la sangre de su piloto. El gran Nerion, Dreadnought de los Espectros de la Muerte, héroe con centenares de victorias a sus espaldas a lo largo de varios siglos, había muerto mientras se encontraba en estasis a manos de su propio hermano de batalla. El grito de Iscarius fue una mezcla de horror y desesperación al ver lo que había sucedido, un gemido grave que hizo retumbar toda la estancia, pero antes de que pudiera reponerse para vengar la muerte accidental de Nerion recibió un fuerte golpe en la parte trasera de sus piernas que hizo que cayera de rodillas sin comprender qué había pasado. El Jäger había aprovechado el momento de confusión para recoger su temible guadaña y lanzar una certera estocada de lado a lado que hizo que su hoja ionizada se hundiera en las indefensas articulaciones inferiores del poderoso Dreadnought, haciendo que le fuera imposible mantenerse en pie al quedar segadas las conexiones con el tren inferior. Una vez en aquella postura sólo pudo recibir corte tras corte, una mutilación hábil y selectiva que inutilizó primero el lanzagranadas pesado y después el taladro, para luego centrarse en la profanación del propio sarcófago. Unos minutos después Iscarius había seguido el camino de Nerion, reuniéndose en esencia con su venerado Emperador. Dora permanecía quieta entre los restos de los dos Dreadnoughts como si se tratara de una máquina destinada exclusivamente a desguazar chatarra. Los líquidos interiores de ambos sarcófagos cubrían el suelo y el hedor de la vieja putrefacción inundaba el ambiente, aunque Werner no podía olerlo desde dentro de su carlinga. Con las últimas fuerzas que le quedaban al Jäger, Werner se había dedicado a asegurar que aquellas poderosas máquinas imperiales no pudieran ser recuperadas de ningún modo, para lo cual se dedicó a aplastar y partir en un frenesí que finalmente dio con el colapso de los sistemas haciendo que el blindaje se desactivara. Los escasos restos orgánicos de Narion e Iscarius extraídos de los sarcófagos –dos cuerpos casi momificados y llenos de tubos y cables–, permanecían también allí machacados entre los hierros como vestigio de lo que habían sido. Ellos fueron los únicos testigos de cómo la cabina del Jäger se abría con un sonido aspirado y permitía a su piloto, el maltrecho Werner, descender de la poderosa máquina envuelto en jirones de su Zweitehaut, el fino traje utilizado por los soldados de la Legión de la Cruz de Hierro para interaccionar con sus blindajes Vernichter. Sangraba profusamente por alguna de sus heridas, pero al menos había sobrevivido, lo cual era todo un logro teniendo en cuenta los formidables oponentes a los que se había tenido que enfrentar en inferioridad de condiciones. Se desplomó agotado en el suelo cuando las primeras voces llegaron a sus oídos, voces que no hablaban en Alto o Bajo Gótico, sino en Herrin, el idioma de Balhaus, y poco después vio aparecer por la gran puerta encajada a un grupo de soldados de la Wehrwaffen que avanzaban con cautela con sus armas preparadas en caso de necesidad. En cuanto lo reconocieron el sanitario del grupo se acercó enseguida con un botiquín de campaña para realizar una cura preliminar de sus múltiples heridas, mientras el oficial al mando observaba al soldado de la VIII División con curiosidad. - ¿Has acabado tú solo con los Dreadnoughts? –preguntó sin poder ocultar su asombro mientras señalaba los restos a su alrededor. - Sólo con uno –contestó él–. El otro estaba en estasis. El oficial soltó un silbido de admiración y se fijó en los cadáveres semipodridos entre la chatarra, poniendo una mueca de disgusto. - Dieter –llamó, haciendo que uno de los soldados de su escuadra que portaba un carbonizador se acercara rápidamente-. Quema esta basura, apesta. - Un momento –interrumpió Werner mientras se levantaba con esfuerzo–. Antes tengo que hacer algo... - No hay que hacer nada más –informó el oficial mientras él se acercaba trabajosamente hacia los restos de los Dreadnoughts-. Los Espectros de la Muerte y la Guardia Imperial se han retirado. Tenemos que volar la catedral en cuanto todos los nuestros hayan salido de aquí y abandonar el planeta. Werner no estaba escuchando lo que decía, sino que estaba ocupado quitando de la pared la chapa de oro en la que se leía ““Hermano Nerion, campeón de los Espectros de la Muerte”, tras lo cual se puso a rebuscar algo concreto entre los desechos del suelo, hasta que por fin encontró lo que buscaba. En su mano había un pedazo de adamantium de la armadura del poderoso Iscarius, en la cual podía verse el emblema de la calavera y las guadañas de los Espectros de la Muerte. Eran sus trofeos, y tendrían un lugar de honor en el cuartel de la VIII División Gottloser. El oficial lo miró comprensivo y entendió lo importante que resultaba aquello para él, pues esos salvajes combates singulares proporcionaban el reconocimiento de sus acciones, aunque no sólo eso, sino también honor para su División. - Te los has ganado –dijo con respeto. - Ella los ha ganado –respondió Werner señalando hacia la inutilizada Dora con el mentón. Volvió a sentarse en el suelo mientras el sanitario empezaba a ocuparse otra vez de sus heridas, pero no soltó sus trofeos en ningún momento. Poco después aparecieron un par de operarios con una pequeña grúa móvil para llevarse el dañado Jäger y repararlo convenientemente con objeto de que estuviera preparado para los siguientes combates que se avecinaban. - Hasta pronto –emitió entonces Werner en voz baja con una sonrisa de agradecimiento. Categoría:Saga Balhaus Categoría:Relatos No Oficiales Warhammer 40000
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