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| - Mi nombre de pila es Darío, y no especificaré mi apellido con motivo de que éste nunca tuvo ni tendrá relevancia. Me crié en un ambiente hostil, pero que en definitiva me vi obligado a aceptar. No escogemos lo que será de nosotros antes de venir a este mundo, ¿acaso los que tienen poder nunca se han detenido a reflexionar esto? Ellos han tenido el privilegio de que les toque una vida digna, pero podrían tranquilamente haber estado en nuestro lugar, el de los pobres… el de los que somos prácticamente inexistentes en la sociedad. Nací en el seno de una familia sin recursos de ningún tipo: la indigencia y la insatisfacción de las necesidades básicas de mis hermanos y yo limitaron las posibilidades de desarrollo a las que deberíamos haber tenido acceso como cualquier niño. El tiempo, único valor que poseíamos, se escapaba de nuestras manos como arena en reloj en medio de la impotencia, el malestar, la silenciosa resignación. Sufrimos hambre, frío y enfermedades que se llevaron a muchos de los nuestros. Pero había algo que, aunque tenuemente, iluminaba con ilusión y esperanza nuestros porvenires. A diferencia de las familias en situación de calle que presa de la desesperación caen en el delito, mis padres nos inculcaron férreamente la cultura del esfuerzo, de manera que cuando crecimos todos nos separamos y fuimos en busca de algo que nos permitiese subsistir por el resto de nuestras vidas. No fue fácil encontrar trabajo en mi situación de extrema pobreza, falta de recursos y carencia total de educación formal. Pero después de muchos años de vivir en la calle como pude, logré dar el primer paso para salir de la marginación social aceptando un trabajo sencillo pero digno como empleado de limpieza en un almacén. Recuerdo el entusiasmo de mi primer día de trabajo, entusiasmo que creí pasajero pero no lo fue: desde el principio me empeñé en cuidar mi empleo, ya que me había costado mucho conseguirlo. Me esforcé día a día en los quehaceres encomendados, y rápidamente me gané la amistad de mi empleador, un sabio anciano que supo valorarme y confiar en mí sin prejuicios infundados. Yo administraba mis ganancias meticulosamente, procurando ahorrar parte de ellas para algún día poder acceder a un hogar propio. Afortunadamente, desde el primer día de trabajo pude pagar mi estadía en una humilde pensión. Casi una década después, mi empleador falleció sin dejar descendencia alguna. Su octogenaria esposa, quien no gozaba de buena salud, como era de esperarse decidió cerrar el almacén, quedando yo nuevamente a merced del desempleo. Pero me armé de paciencia y con mis ahorros continué solventando el pago de la pensión, mientras buscaba un nuevo trabajo. Milagrosamente no pasó mucho tiempo hasta que encontré uno: fue un inmenso alivio. Pero debía mudarme de localidad, mi nuevo empleo sería como ayudante en una verdulería ubicada en las afueras de un barrio antiguo y poco poblado, llamado Las Pauvenas. Armé las valijas con lo poco que tenía, y partí sin más hacia allí. Ni bien llegué, me percaté de un pequeño inconveniente que no había contemplado de antemano: Las Pauvenas era una localidad tan pequeña y abandonada que ni si quiera poseía pensionados. Desconcertado, estuve a un paso de echarme atrás… pero finalmente tomé coraje y decidí hablarlo francamente con mi nuevo empleador, si éste realmente requería de mi seguramente podría ayudarme. Grande fue mi sorpresa cuando Benicio, el dueño de la verdulería, se mostró también dueño de un gran corazón y me ofreció pasar esa noche en su casa hasta encontrar una solución para mi problema. No sólo él poseía ese rasgo: toda la gente del pueblo parecía ser muy cálida. Tras un agotador día de trabajo, su esposa y su hija nos recibieron con una deliciosa sopa de vegetales que resultó una poción milagrosa contra el frío de Las Pauvenas. Anatilde era muy bella y encantadora… creo que está de más decir que me enamoré de ella ni bien descubrí sus ojos azules como zafiros al sol, y sus trenzas pelirrojas. Muy pelirrojas. Ella sintió exactamente lo mismo que yo cuando nos vimos por primera vez. Lo sentí en sus ojos acuarelados, y lo confirmé esa mismísima noche. Tuvimos una charla muy agradable hasta altas horas de la noche, cuando la atracción entre los dos fue evidente y ella rompió el silencio con un beso de ensueño. Lo nuestro iba demasiado rápido… pero le prometí que no pronunciaría ni una sola sílaba de lo ocurrido a su padre. A tientas, fuimos hasta el cuarto que tenían preparado para mí, y pasamos la noche más hermosa de nuestras jóvenes vidas juntos. Anatilde y yo, juntos desde aquel instante para siempre. Al otro día, Don Benicio consiguió que un conocido me concediese hospedaje en una casa de su propiedad. Con Anatilde mantuvimos el secreto y dejé su casa: a partir de entonces la vería cada tanto, a menos que ella consiguiera escaparse. Cuando llegué noté que se trataba de una casa realmente muy antigua y por mucho tiempo deshabitada. Por poco las paredes no se habían venido abajo y se veían seriamente afectadas por la humedad; los pisos de la planta baja, por su parte, estaban casi en su totalidad levantados por ramas de árboles que habían conseguido surgir desde la tierra rompiendo las quebradizas baldosas de siglo pasado; y las escaleras de madera que conducían al piso superior se encontraban en un estado tal de deterioro que significaban un serio peligro para mí: peldaños oscilantes, barandas flojas y madera putrefacta. Sin embargo estaba agradecido de tener un techo por hogar. Yo ya había pasado por la miseria de la calle, y de niño hubiera sido más que feliz de poder habitar ese triste lugar. Es cierto que el estado general de la casa le daba un aspecto lúgubre que a mí poco me importaba. Pero cuando apagué las luces y subí la penosa escalera para ir a dormir, sucedió algo macabro que me dejó sin aliento: la figura de una horrible mujer me sorprendió en el último peldaño de la escalera. Mi corazón comenzó a sufrir violentas palpitaciones del susto, corrí escaleras abajo, salí de la casa y seguí corriendo incansablemente hasta que el cansancio me ganó. Dejé caer mi cuerpo sobre la hierba húmeda y me quedé dormido. Amaneció y llegué tarde a la verdulería. Don Benicio estuvo observándome sin decir palabra hasta que me tomó del hombro y con una mirada de soslayo me dijo: -“Usted no está nada bien. ¿Ha dormido en la noche? -“Sí, señor. Me encuentro perfectamente.” Mi empleador se mostró descreído, pero luego pareció olvidarlo. Afortunadamente Anatilde visitó a su padre ese día y pude encontrar en ella una persona dispuesta a escucharme. -“Nadie habita esa casa. Es una construcción que data del siglo XIX, que solía estar destinada al personal de servicio de una importante familia. Eso no puede ser real. Permíteme acompañarte esta noche… espérame en la plaza principal de Las Pauvenas, estaré allí a las doce en punto e iremos a tu casa.” La noche llegó y Anatilde cumplió estrictamente su palabra. Se había escabullido de su hogar y allí estaba. De la mano partimos hacia mi casa, más focalizados en pasar la noche el uno junto al otro que en la situación que me aterraba sobre ese lugar. Llegamos. Subimos corriendo las escaleras, fuimos hacia mi cuarto y apagamos las luces en medio de besos y risitas nerviosas. No sé exactamente cuántas horas pasaron entre que hicimos e hicimos incansablemente el amor… pero la aparición repentina del horroroso espectro cortó bruscamente nuestra algarabía. Anatilde se asustó, intenté calmarla pero, ¡maldición! El miedo se había apoderado de mi ser. La figura desdibujada de la mujer de rostro joven y anciano al mismo tiempo, de nostálgica mirada en sus pupilas negras, de furiosos cabellos parados, de firmes pasos… se acercaba hacia mi Anatilde. La abracé y la apreté fuerte contra mi pecho. Grité hasta más no poder para que la figura se alejara. ¡Mi Anatilde! ¡Oh, mi única posesión en esta vida… Anatilde! ¡¡¡¡Despójame de lo que desees, mujer inmaterial, pero no de mi hermosa, mi amada Anatilde!!! Inútil fue todo. Inútil lo es. La figura se esfumó, Anatilde se retorció, su frágil cuerpo comenzó a sucumbir ante un ataque de epilepsia y el azul de sus ojos se fue para siempre. Y de pronto se puso de pie, y me miró a los ojos. Los suyos eran azabache.
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