| abstract
| - thumb|right|335 pxSiempre le hemos tenido confianza al ángel de la guarda así por lo que creemos que nos protegerán por siempre. En nuestras oraciones los mencionamos como si fueran una especie de héroes que nos salvarán de nuestros momentos más agonizantes, así que te reto a que, después de la historia a continuación, me respondas si volverías a creer en ellos. Érase una calurosa tarde de verano, un joven con un empleo mediocre y una vida sexual fracasada, sonreía hipócritamente hacia la clientela obesa del restaurante de comida rápida donde trabajaba. Se llamaba Gonzalo y su apatía por el estudio lo dejó en un agujero de grasa. A las 10 de la noche era su salida, iba a casa y veía televisión por horas. Al lado del televisor y con cerveza en mano, se embriagaba tratando de olvidar sus problemas, tales como que su familia lo rechaza, su novia lo dejó, entre otros más. Era claro que no tenía algún futuro prometedor que presumir y fuera de todo, era diabético. Un día se acordó de aquél revólver que su abuelo le había dejado “en caso de emergencias”. En pequeños instantes le vino a la mente el deseo de acabar con su propia vida así que inmediatamente sacó el arma cargada y se apuntó la cabeza. Con los ojos cerrados y con el dedo índice tembloroso, recordaba sus buenos momentos de su vida que, por cierto, eran escasos. Con el revólver bien puesto en la cabeza, Gonzalo escucha una voz ronca y con poca fuerza: Sorprendido, el joven abrió los ojos ¿De quién era esa voz y cómo se metió a su casa? Gonzalo observa al ente que trata de hacer que se suicide. Con un poco de nerviosismo, Gonzalo pregunta: El ente responde: - Sólo hazlo. Es evidente que algo estaba mal, ¿Cómo antes de cometer suicidio aparecería un ente así de la nada? Él decide huir abriendo efusivamente la puerta de su casa y sale a toda velocidad por la banqueta sin percatarse que el ente lo empieza a perseguir. Gonzalo ya no podía más y decidió enfrentarlo, los débiles golpes que trataba de conectar no hacían nada contra este. Esta aparición lo tomó por el cuello y lo levantó con su mano derecha mientras, con la izquierda, lo empezó a masacrar con sus uñas abominables, rasgándole el torso y el cuello. Un Gonzalo agonizante observa al ente y se dio cuenta de las enormes alas que tenía. Llevaba una túnica blanca y el cabello un poco largo. Con un tono débil, el muchacho pregunta: - Dime, ¿Quién eres? - Soy tu ángel de la guarda-. Le responde. Gonzalo no se lo podía creer. Y el ángel sólo responde: - ¿Y quién dijo que los ángeles eran buenos? Categoría:Ángeles
|