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| - La historia de Purificadora comienza en Issedon, Mundo Cardenalicio bajo estricto control de la Eclesiarquía. El ¡Waaagh! de Thudz el Zezoz había golpeado allí con toda su fuerza por sorpresa, buscando saquear lo que ellos llamaban "cozaz chulaz". La pequeña Orden de la Rosa de Marfil de las Hermanas de Batalla tenía un destacamento en ese planeta, que junto con la pobre milicia de la ciudad intentó frenar a la marea verde. Durante las siguientes dos semanas las Hermanas libraron, junto con un enorme contingente de devotos, sacerdotes y penitentes, una horrible guerra de desgaste donde la locura brutal de los Orkos se chocó vez tras vez contra el fanatismo enloquecido de las huestes de la Eclesiarquía en un baño de sangre. Los chillidos destemplados de los predicadores se mezclaban con los brutales bramidos de las hordas Orkas día tras día y noche tras noche. El Cardenal Febos, hombre petulante y estrecho de miras, dirigía su diócesis desde Issedon. Pasó los primeros días de la invasión pidiendo distraídamente a la Canonesa Beatrice que se ocupase de aquellos molestos Orkos, como si fueran una simple pandilla aislada, mientras él debatía un nuevo aumento del diezmo para el "regalo al Emperador" que los súbditos de su diócesis deberían aportar. Como si no ocurriese nada importante fuera del Palacio Cardenalicio. Pese a los mejores esfuerzos de Beatrice, que hizo pagar a los xenos cada metro que avanzaron, los Orkos, incontables, fueron abriéndose paso de catedral en catedral, de colmena en colmena y de convento en convento. Beatrice solo recibió acusaciones de incompetencia por parte de Febos cuando pidió que se solicitasen refuerzos a la Guardia Imperial o al Adeptus Astartes antes de que el planeta cayera irremediablemente. Febos contestó que "los asuntos de la Ecclesía debía resolverlos la Ecclesía", y que era una verdadera pena que el Decreto Pasivo solo le permitiera impartir órdenes a un grupo de inútiles mujeres. Beatrice se tragó su orgullo y volvió a la primera línea de batalla, dispuesta a cumplir con su deber para con el Emperador pasase lo que pasase, mientras veía morir a sus Hermanas. En un Sistema vecino orbitaba, desconocedor de todo, la Omnio Sapere, Barcaza de Batalla de los Martillos de Wikia, desde la que el Señor del Capítulo Crissos coordinaba una aburrida y rutinaria misión de inventariado de objetos y archivos útiles de un pequeño Mundo Forja con el permiso del Adeptus Mechanicus. Febos, aparte de minimizar el peligro que suponían esos "pequeños bichos verdes", bajo ningún concepto deseaba lanzar una llamada de emergencia, pues sabía que tendría allí rápidamente a esa Barcaza de Batalla de los Martillos de Wikia. Era incapaz de pensar en ese nombre, "Martillos de Wikia", sin retintín y sin ganas de escupir. Como tenía cierta idea sobre las divergencias del credo de los Martillos con el canon establecido por la Eclesiarquía, los llamaba "panda de blasfemos sabelotodos" y "comelibros descreídos". Antes entregaría Issedon a su rival en el puesto, el Obispo Hilfas, que llamarlos a ellos. Sin embargo, la situación degeneró rápidamente después de la primera semana. Febos quedó aterrorizado, súbitamente consciente de la situación, cuando Beatrice le trajo el cuerpo destrozado y despanzurrado de Hilfas, que ella misma había rescatado corriendo grave peligro, y le dijo que los Orkos estaban ya a menos de cincuenta kilómetros del Palacio Cardenalicio. La petulancia de Fobos pasó a convertirse en una histeria y palidez propios de un cerdo acosado; y era imposible hablar con él sin que chillase a voz en cuello. Todo el séquito de aduladores del Cardenal se encerró en sus búnkeres y cerró desde dentro, como si eso fuera a servirles de algo. Otros muchos escaparon del planeta. Con Febos loco, Hilfas muerto y los altos cargos de Issedon desaparecidos, la burocracia del planeta se desplomó. Beatrice intentó tomar las riendas de la situación, pero todos los súbditos tenían demasiado miedo y se negaban a aceptar órdenes de alguien que no fuera un alto cargo de la Diócesis. Aún contaban con que el loco de su Cardenal estuviera al mando. Eran incapaces de pensar por ellos mismos porque era lo que les habían enseñado. Y por ello Beatrice no consiguió acceder a los códigos de la torre de comunicaciones interplanetaria del Palacio Cardenalicio para enviar su mensaje. Las líneas se estrecharon aún más. Beatrice concentró todo lo que quedaba de sus fuerzas en torno al convento donde se alojaba su fuerza de Sororitas en Issedon y al Palacio Cardenalicio, muy cercanos, con la esperanza de poder aún acceder a la torre de comunicaciones. La mayoría de predicadores y fanáticos habían muerto o huido ya, pero fueron muchos los súbditos humildes que se acercaron a pedir armas a las Sororitas y apoyarlas como pudieran en las trincheras. Ellos no tenían búnkeres donde esconderse ni naves en las que huir. Si Issedon caía ellos morirían también. Pero ésta línea de defensa empezaba a hacer aguas ya. Beatrice sabía que las mayores y más sagradas reliquias del planeta se escondían en las criptas y santuarios del Palacio Cardenalicio y de su convento, y no debían perderse y profanarse bajo ningún concepto. Además, se sentía asqueada de ver luchar y morir valientemente a los humildes súbditos mientras que Febos y sus perros falderos se escondían debajo de la cama. Y en ese momento Beatrice se dio cuenta de que debía hacer algo horrible para salvar las reliquias del planeta.
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